El reciente episodio ocurrido en la Autovía Artigas (ex14), donde un colectivo con 55 pasajeros terminó en la banquina porque sus choferes se estaban peleando a golpes, no es solo un hecho insólito o una anécdota de color; es un síntoma alarmante de degradación profesional y falta de control.
Cuando un pasajero saca un boleto, deposita en el conductor algo mucho más valioso que el costo del pasaje: deposita su vida y la de su familia. Existe un contrato implícito de confianza y seguridad que se rompe de la manera más absurda cuando quienes deben garantizar un viaje seguro deciden convertir la cabina en un ring de boxeo.
¿Qué falló para que dos personas a cargo de una mole de varias toneladas y medio centenar de almas perdieran el juicio de esa manera? La discusión, por más acalorada que fuera, nunca puede estar por encima de la responsabilidad de conducir. Un despiste a baja velocidad fue el «milagro» que evitó una tragedia, pero en un corredor como la Autovía Artigas, un movimiento brusco de ese tipo podría haber terminado en un vuelco fatal o en un choque frontal.
Este hecho pone la lupa sobre varios puntos:
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La selección y el control psicológico: Las empresas no solo deben verificar la pericia técnica de sus choferes, sino también su estabilidad emocional y capacidad de resolución de conflictos bajo presión.
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La fiscalización: Es necesario que los organismos de control (CNRT) actúen de oficio con la mayor rigurosidad. El hecho de que los protagonistas no se hayan denunciado entre sí es irrelevante; aquí hubo una puesta en peligro común que debe ser sancionada administrativamente con la quita de licencias.
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La desprotección del pasajero: Los usuarios quedaron rehenes de una disputa irracional en medio de la ruta.
No podemos permitir que el «por suerte no pasó nada» tape la gravedad de lo que sí pasó. El profesionalismo de los miles de choferes que recorren nuestras rutas con responsabilidad no debe verse manchado por actos de esta naturaleza, pero la empresa Morgan Tour SRL y los organismos competentes deben dar una respuesta clara.
La seguridad vial se construye con infraestructura y leyes, pero sobre todo con conciencia ciudadana y ética profesional. Ayer, en el kilómetro 139,5, la suerte estuvo de nuestro lado, pero la ética y el sentido común se quedaron abajo del micro. Pablo Bianchi/03442 Noticias




