Columna de Astronomía. La Estrella de Belén (parte 1)

Isaac Asimov (2/1/1921-6/4/1992) , agnóstico reconocido, ha sido un divulgador científico y escritor de ciencia ficción más importante del siglo pasado. Justamente por uno de sus libros se han creado las “Leyes de la robótica” que son los principios que deben regir a los robots.

Un ensayo suyo fué el llamado “La Estrella de Belén” en que realiza un análisis de lo que puede haber sido ése fenómeno, ésta semana presentaremos en dos partes una adaptación de éste ensayo, que creemos es interesante para el momento que se festeja hoy, 24 de diciembre en todo el mundo:

 

La Estrella de Belén es uno de los pocos temas bíblicos que parece ser de naturaleza astronómica y, por consiguiente, ha sido causa de numerosas especulaciones, siempre desde el punto de vista astronómico. Y, para ser sincero, a mí también me gusta especular con la Estrella de Belén, por lo que me gustaría presentar a los lectores nada menos que nueve alternativas.

Alternativa 1: podría suceder que la Estrella de Belén no se adecuara a ninguna explicación astronómica y que se tratara en realidad de algo fuera del alcance de la razón. Podría representar un «misterio» (en el sentido religioso de la palabra) que los seres humanos son incapaces de comprender sin inspiración divina. Es posible que sólo en el cielo pueda desvelarse el misterio. Y en tal caso, claro, no hay razón para especular. No podemos hacer otra cosa que no sea esperar la inspiración o entrar en el cielo y, ¡ay!, ninguna de esas dos cosas es probable que me suceda.

Alternativa 2: que la Estrella de Belén carezca de explicación, no por razones teológicas, sino simplemente porque sea una invención piadosa por parte del autor del Evangelio. Esto no quiere decir que sea una mentira deliberada o un intento consciente de embaucar. El relato de la estrella pudo ser algo vago, una de las indicaciones simbólicas del nacimiento de la divinidad, igual que las voces y aureolas angélicas, y el autor lo utilizó como detalle apropiado y digno.

Recordar que Mateo, probablemente, redactó su Evangelio algún tiempo después de la destrucción del Templo, en el 70 dC; en otras palabras, tres cuartos de siglo después de nacer Jesús. No existían archivos del pasado en el sentido moderno y tan sólo pudo reunir relatos vagos. Quizá había algunas fábulas sobre cierto fenómeno de naturaleza estelar que se había producido alrededor de la época del nacimiento de Jesús, y Mateo pensó que era adecuado incluirlas.

Podemos preguntarnos por qué Mateo quedó impresionado por los relatos de la estrella que había oído y quiso incluirlos, en tanto que Lucas no. De hecho, podemos proponer una razón lógica. A partir de la evidencia objetiva, puede argumentarse que Lucas era un gentil, y narraba el Evangelio a gentiles, mientras que Mateo era un judío que hacía lo propio con los judíos.

Es natural, pues, que Mateo presentara tantos detalles como le fuera posible, corroborando cierta profecía del «Antiguo Testamento» o algo similar, ya que con esto impresionaría a su audiencia judía. De vez en cuando cita los versículos del «Antiguo Testamento» que contienen la profecía, pero hasta cuando no lo hace podríamos encontrarlos nosotros mismos.

Por ejemplo, el «Antiguo Testamento» narra en una ocasión que Balaam, en la época que las tribus israelitas se preparaban al este del Jordán para invadir Canaán, hace la profecía siguiente:

«Números 24:17»: Lo veo, mas no ahora; lo diviso, pero no de cerca: ha salido una estrella de Jacob, y ha surgido un cetro de Israel; y ha quebrado las sienes de Moab y el cráneo de todos los hijos de Seth.

Es muy probable que este versículo fuera escrito en los tiempos del Reino de Judea y que fuera incluído como parte de las palabras del legendario sabio Balaam (En la antigüedad, era normal atribuir frases a las bocas de los viejos ilustres).

Se supone que cuando dice «lo veo» se refiere al rey David, que derrotó a Moab y conquistó todos los reinos vecinos. Es por este versículo que se llama «Estrella de David» a los dos triángulos equiláteros entrelazados.

Tras la destrucción del reino de Judá y el final de la dinastía de David, el versículo sufrió una nueva interpretación. Se supuso que hacía referencia a un futuro rey de la dinastía de David, el Mesías («el ungido», una palabra muy usada por los judíos para referirse a un rey). Como es lógico, Mateo lo aceptó así y pensó que una estrella sería una asociación muy conveniente con el nacimiento del Mesías.

Además, existe un pasaje de «Isaías» que describe una futura utopía. Un versículo dice:

«Isaías 60:3»: Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al resplandor de tu aurora.

Es una referencia a la Israel ideal que debe surgir en el futuro, pero es fácil transferir dicha referencia al Mesías, y las palabras «luz» y «resplandor de tu aurora» pueden aludir a una estrella. La palabra «naciones» podría tomarse como una alusión a los magos de oriente.

Tal fue el influjo del versículo de Isaías, aludiendo a «reyes» y «naciones» (paganas), que surgió la leyenda de que los tres magos eran reyes con el nombre de Melchor, Gaspar y Baltasar. En tiempos medievales, se supuso que existían reliquias de los tres en la catedral de Colonia, por lo que llegó a llamárseles «Los tres reyes de Colonia». Claro está, todo esto no tiene nada que ver con la «Biblia», que no los llama reyes y que ni siquiera dice que fueran tres.

¿Pero y si Mateo basó el relato de la estrella en alguna leyenda en boga en la época en que se escribía el Evangelio? ¿Y si la leyenda reflejó algo que había sucedido realmente?

Alternativa 3:  que, fuera lo que fuese la estrella, se trataba de un objeto milagroso y no de algo que pudiera comprenderse en el proceso de los acontecimientos o por cualquier persona. En realidad, pudo ocurrir que tan sólo los magos la hubieran visto y que la hubieran utilizado como guía milagrosa. Después de llegar hasta el niño Jesús y permanecer sobre él, desapareció.

Podemos reforzar esto señalando que Herodes, debiendo de estar muy interesado en cualquier señal que indicara el nacimiento de un rival para su trono, no sabía nada acerca de la estrella y tuvo que preguntar a los magos.

Pero si la estrella es un milagro creado para una sola misión y vista únicamente por las personas que debían verla, es imposible seguir investigando. Así que pasemos a otras alternativas.

Supongamos que la estrella no fuera milagrosa sino real, y que cualquier persona pudo verla. Esta, con toda certeza, es la suposición que adopta la mayoría de la gente cuando analizan lo que pudo haber sido la Estrella de Belén.

Sin embargo, en todas las alternativas que surjan de esta suposición debemos olvidar que la estrella guiara a los magos y que se detuviera sobre Jesús. Esto es francamente milagroso, y debemos omitirlo en una explicación racional. Nos limitaremos a imaginar que apareció algo en el cielo, en apariencia para anunciar el nacimiento de un Mesías, y nada más.

Pero aquí nos es de gran utilidad el hecho de que el término «estrella» gozaba de un significado mucho más amplio para los antiguos que para nosotros. Por ejemplo, no consideramos como estrellas a los planetas y cometas, pero los antiguos los denominaban «estrellas errantes» y «estrellas imperfectas», respectivamente. Para los antiguos, todo objeto celeste era una estrella. Busquemos, pues, uno de estos objetos en la forma más amplia posible.

Alternativa 4:  el fenómeno celeste al que Mateo aludió como estrella pudo haber sido en realidad un sutil hecho astronómico, por completo real, pero que tan sólo los especialistas en la materia pudieron advertir.

Los magos podrían considerarse perfectamente como expertos en la materia. El término empleado por Mateo es traducción de la palabra griega «magoi», que procede, a su vez, de «magus», el nombre dado por los antiguos persas a los sacerdotes de Zoroastro.

Para griegos y romanos, el término hacía referencia a cualquier místico oriental. Para los romanos, «magus» (plural «magi») llegó a significar «hechicero», y nuestros modernos términos «mágico» y «mago» descienden del «magus» persa.

Como es natural, las personas que más debieron interesarse por los fenómenos celestes fueron los astrólogos, y éstos se adaptarían al calificativo de magos. Babilonia fue un antiguo centro de la astronomía, por lo que es probable que los magos hubieran sido astrólogos de aquella región, situada al este de Judea.

¿Y qué pudieron observar los astrólogos que fuera evidente y auténtico para ellos, pero imposible de ver para las demás personas?: es importante para los astrólogos la posición del Sol en la época del equinoccio de primavera. Esta posición siempre está comprendida en el Zodíaco, pero no está determinada. Cambia con lentitud de una a otra de las doce constelaciones del Zodíaco, empleando unos dos mil años en atravesar por completo una constelación.

En la época del equinoccio de primavera, y durante los dos mil años que precedieron al nacimiento de Jesús, el Sol se encontraba en la Constelación de Aries. Pero en aquel momento estaba más o menos a punto de trasladarse a la Constelación de Piscis. Esto constituiría un acontecimiento vital para los astrólogos y es factible que se pensara que representaba algún trastorno básico en la historia humana. Puesto que los judíos de aquella época no cesaban de hablar sobre la llegada de un Mesías, que fundaría una nueva Jerusalén y daría nuevas perspectivas a la historia del hombre (como en el pasaje de «Isaías»), los astrólogos pudieron llegar a la conclusión de que estaban a punto de presenciar el hecho y, por consiguiente, es posible que se trasladaran a Judea para investigar el asunto.

En relación con esto, es muy interesante que los cristianos primitivos emplearan un pez como símbolo secreto del Mesías. La explicación habitual es que las letras de la palabra griega que significaba «pez», siguiendo su orden, eran las iniciales de una frase griega que, traducida, quiere decir «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador». Pero también es posible que el pez se refiriera a Piscis, al que se había trasladado entonces el equinoccio de primavera.

Con todo, este punto del equinoccio de primavera no está claro, es sólo una suposición. A decir verdad, podría ser que Mateo, que no era astrólogo, comprendiera erróneamente de qué se trataba todo el asunto. Pero no podemos saberlo. Si admitimos que Mateo estaba en lo cierto y que la estrella era un fenómeno evidente, ¿qué pensar, entonces?

Fin de la parte 1, mañana la parte 2.

Interesante, ¿verdad ?, lo invitamos a leer la segunda parte que es  tan interesante como ésta en el día de mañana, en tanto, sea creyente o no, desde Astroamigos Conepción del Uruguay le deseamos una buena finalización de éste 24 de diciembre !!

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