El club de barrio más grande del mundo Alejandro: -Qué tiene de malo hacer negocios, si en definitiva son los buenos negocios los que tiran un país para arriba y no un romanticismo –perdoname- pelotudo que nos llevó a la ruina… Román Maldonado: -De qué romanticismo estás hablando…. El romanticismo no se usa hace años, ni el pelotudo, ni el otro… No sé qué nos llevó a la ruina, pero el romanticismo no fue…
El diálogo pertenece a uno de los momentos más dramáticos de la recordada película de Juan José Campanella, en la que Daniel Fanego (Alejandro) encarna a un funcionario municipal que aboga por la venta del Club Social y Deportivo “Luna de Avellaneda”, para instalar allí una sala de timba, y Ricardo Darín (Román), al dirigente de la institución que, con apasionamiento, defiende la continuidad de un lugar que supo tener miles de socios y que transita una realidad de deudas y abandono.
El cinismo es propio de los que desean desacreditar las ilusiones de los demás o, lo que es peor, manipularlos en beneficio propio. El descaro de Alejandro queda absolutamente testimoniado en la solvencia actoral de Daniel Fanego.
Lanús, que hoy reluce en el slogan identitario de: “El club de barrio más grande del mundo”, caminó al borde del precipicio de la desaparición, a principios de los 80. Más que de pie, ejerce un presente de admiración. Con la quiebra de Sacetru (entonces, principal productora de alimentos del país y una causa que aún continúa atrapada en los pasillos judiciales), su mecenas –un importante ejecutivo de la firma-, abandonó el club con 42 contratos profesionales en vigencia.
“Fue un hombre que no era hincha ni socio de Lanús, que vino con expectativas de hacerse conocido y con mucho dinero; que no tocó un peso del club… Yo siempre digo que no necesariamente un corrupto puede fundir un club, también lo puede fundir alguien que no entienda y éste no entendía nada…” comenta Nicolás Russo, ante un representativo auditorio de dirigentes de fútbol de las diecinueve ligas de la Federación Entrerriana de Fútbol. “Pachamé, para cobrar, se llevó la cancha de bochas”, es la anécdota con la que cierra la historia el presidente “granate”, protagonista –desde diferentes cargos- de una gestión deportiva que promueve el unánime respeto y admiración de sus pares.
Lanús era un típico equipo de fútbol de la “B” Metro. Hierro y tablón. Hasta algún cruce con Piraña, en tiempos de la angustiante militancia por la “C”. Luego de repasar los pilares sobre los que se gestó el fenomenal resurgiento, y muy resumidamente, Russo explica que aunque el fútbol “es la actividad que sostiene todo, el club tiene un proyecto educativo que va desde el jardín maternal hasta el nivel terciario –son más de mil trescientas chicas y chicos que concurren a nuestras instalaciones-, quince canchas de tenis, la cancha de hockey que ahora vamos a hacer de agua, dos piletas climatizadas, básquet de nivel profesional -junto al femenino y sus categorías juveniles e infantiles- y la práctica de más de treinta disciplinas federadas, porque en Lanús no se gana una elección si no disponés de las actividades amateurs en condiciones…” y agrega: “tenemos un polideportivo de veintisiete hectáreas parquizado en la ciudad más densamente poblada de la Argentina, dos sedes en las avenidas principales y tres hectáreas y media, que están en obra, pegadas a Capital Federal…”
Más de cuatro décadas dedicadas a la dirigencia “por la fe que lo empecina” (escribiera Discépolo) defiende –con convicción- la tradición argentina de los clubes en su carácter de asociaciones civiles sin fines de lucro. “Imágínense a un club como Lanús o cualquiera de los que ustedes representan que venga una empresa, ponga la plata, lo compre y de pronto vemos que decide cambiar el color de su camiseta, hacerlo jugar en Jujuy o cambiarle el nombre, porque te lo hacen…. Ustedes creen que algún hincha, socio o una asamblea lo avalaría?” y a la gráfica retórica incorpora el patético resultado en Chile de las SAD (Sociedades Anónimas Deportivas). Los pobrísimos rendimientos deportivos de la “roja” en la competencia internacional, sustentados en el absoluto desinterés de las empresas en la etapa formativa de los futbolistas, están a la vista.
Estima que Lanús invirtió en infraestructura y funcionamiento alrededor de doscientos millones de dólares en los últimos veinte años. Y ante la atenta platea de la dirigencia entrerriana, entonces, se pregunta: Ustedes creen que una empresa va a invertirlos en la parte social… Ni locos…, la ganancia se la llevan toda”.
El desplome de un club social es la excusa que Juan José Campanella utiliza para retratar con maestría el colapso argentino de los dos mil. En la última escena de “Luna de Avellaneda”, Román (Ricardo Darin) le pregunta a su amigo Amadeo (Eduardo Blanco): ¿Cómo se hace un club nuevo? Quizá Lanús sea el espejo.
Eduardo Gradizuela
Septiembre de 2026




