En lo que va de marzo, los combustibles ya subieron entre un 8% y un 10%.
El último aumento fue de alrededor del 4%, y se sumó a otros incrementos en cuestión de días.
Hoy, los precios superan los $1.800 por litro en combustibles base y pasan los $2.000 en premium.
Pero el problema no es solo el número.
Es la velocidad y la frecuencia.
Los aumentos ya no son excepcionales: son constantes, escalonados, casi silenciosos.
Y siempre terminan en el mismo lugar.
Porque los combustibles no impactan solo en quien carga.
Impactan en todo: transporte, producción, alimentos, servicios.
Cada suba se traslada, se multiplica y se mete en la vida cotidiana.
Mientras tanto, los ingresos corren muy por detrás.
Entonces no estamos frente a un simple reacomodamiento de precios.
Estamos frente a una transferencia sostenida:
de la gente hacia el sistema.
Cuando los combustibles suben hasta un 10% en semanas y los salarios no acompañan, el resultado es claro:
más presión, menos poder adquisitivo y más incertidumbre.
No es el mercado funcionando.
Es un modelo que ajusta.
Y ajusta siempre sobre los mismos.
Juan Martín Garay
Abogado y Concejal
C. del Uruguay




