El Gauchito Gil: Cuando la fe nace de la injusticia y se hace pueblo

Cada 8 de enero, las rutas del país —y especialmente las de nuestra provincia y la vecina Corrientes— se tiñen de un rojo intenso. No es solo el color de las banderas; es el pulso de una devoción que, lejos de apagarse con el tiempo, crece como un fenómeno social que desafía las estructuras institucionales y se instala en el corazón del sentimiento popular.

La figura de Antonio Mamerto Gil Núñez trasciende lo religioso para convertirse en un símbolo de resistencia. La historia, o la leyenda que el pueblo eligió creer, nos habla de un hombre que se negó a derramar sangre hermana en guerras civiles, un «gaucho alzado» que eligió la deserción antes que la crueldad. Su ejecución bajo un árbol de espinillo no fue el final, sino el nacimiento de un mito que hoy moviliza a cientos de miles.

¿Qué es lo que busca el fiel en el pequeño altar al borde del camino? Quizás la respuesta no esté en los milagros individuales, sino en la identificación. El Gauchito Gil es el santo de los que no tienen voz, de los trabajadores, de los camioneros que surcan las rutas en soledad y de las familias que encuentran en él una justicia que muchas veces las instituciones formales les niegan. Es un «santo» que no necesitó de la burocracia del Vaticano para ser canonizado; lo hizo el pueblo, de boca en boca, de favor en favor

Este fenómeno también nos habla de nuestra identidad litoraleña. El color rojo, herencia de la impronta federal, se funde hoy con el agradecimiento por la salud, el trabajo o la protección en el viaje. Los santuarios son paradas obligatorias, refugios de fe en medio del asfalto y el campo, donde la ofrenda (un cigarrillo, una copa de vino o una cinta) es un contrato de lealtad entre el promesero y su protector.

Criticar la estética de los altares o la informalidad del culto es no entender las raíces de nuestra tierra. El Gauchito Gil es, en última instancia, el recordatorio de que la esperanza siempre encuentra un cauce, incluso en las banquinas de la vida. Mientras haya una necesidad y una injusticia, habrá una bandera roja flameando al viento, recordándonos que la fe, cuando es del pueblo, no necesita permisos.