Cada 28 de diciembre, el calendario nos invita a una tregua con la seriedad. El Día de los Santos Inocentes ha sobrevivido al paso de las décadas como una fecha donde la picardía se vuelve moneda corriente: desde el clásico «que la inocencia te valga» hasta las elaboradas bromas que intentan hacernos caer en el asombro o la confusión.
Históricamente, los medios de comunicación han sido parte activa de este ritual. ¿Quién no recuerda haber leído una noticia disparatada en el diario de papel o escuchado un anuncio insólito en la radio, para luego descubrir, entre risas, que todo era parte del juego? Era un pacto tácito de caballeros entre el emisor y el receptor.
Sin embargo, en los tiempos que corren, el escenario ha cambiado drásticamente. En una era dominada por la inmediatez de las redes sociales y la viralización de las llamadas fake news, la línea entre la broma y la desinformación se ha vuelto peligrosamente delgada. Hoy, un titular falso compartido fuera de contexto no solo genera una sonrisa; puede provocar pánico, desinformación real o afectar la reputación de instituciones y personas en cuestión de segundos.
Desde este espacio editorial, creemos que el humor es indispensable para la vida, pero también entendemos que la confianza de nuestros lectores es nuestro activo más valioso. En un mundo donde la verdad a menudo parece bajo ataque, la responsabilidad del periodista debe primar, incluso un 28 de diciembre.
Celebrar la inocencia no debe significar subestimar la inteligencia del público. Por eso, hoy más que nunca, invitamos a nuestra comunidad a cultivar el sentido crítico: a dudar antes de compartir, a verificar antes de reaccionar y a recordar que, detrás de una pantalla, la realidad sigue necesitando de rigor y ética.
Que la inocencia nos valga para seguir riendo, pero que la lucidez nos proteja para seguir informados.




