Fundada en 1930 por las fusión de un sector de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), la Unión Sindical Argentina (USA) y la Confederación Obrera Argentina (COA), de origen anarquista, socialista y comunista. Aunque su gran salto a la consideración de los obreros y de la sociedad en general se produjo tras el golpe de Estado de 1943 cuando la mayoría de sus dirigentes apoyaron las políticas pro-obreras impulsadas por Juan Domingo Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, mientras que su perfil ideológico se definiría a partir del 17 de octubre de 1945, al calor de las luchas populares que lograrían la liberación del mismo Perón –encarcelado debido a dichas políticas–, y a través de la campaña que culminaría con su triunfo en las elecciones presidenciales de 1946, convirtiéndose en la central única de los trabajadores argentinos.
A partir de 1885 las asociaciones gremiales argentinas además de sus características primigenias de sociedades de socorros mutuos comenzaron a plantearse la lucha por reivindicaciones económicas, la reducción de la jornada laboral y otras reivindicaciones laborales. Así comienzan a surgir:
La Federación Obrera Regional Argentina (FORA), central sindical argentina fundada el 25 de mayo de 1901 con el nombre de Federación Obrera Argentina y denominándose FORA a partir de su cuarto congreso en agosto de 1904. Tuvo una destacada actuación hasta la década de 1920, cuando reunió en su seno a las principales corrientes sindicales de entonces: anarcocomunismo, socialismo, sindicalismo revolucionario y comunismo. En 1905 la FORA adhirió al comunismo anárquico, provocando el retiro de los sindicatos que no eran anarquistas, los que se agruparon en la UGT/CORA. En 1915, la FORA eliminó la adhesión al comunismo anárquico que llevó a la desafiliación de varios sindicatos anarquistas, creándose dos centrales:
- La FORA del V Congreso (anarquista)
- La FORA del IX Congreso (mayoría sindicalista y minorías socialista y comunista).
La FORA del IX Congreso se auto disolvió en 1922 para formar la Unión Sindical Argentina (USA).
Luego de 1922, la FORA del V Congreso, recuperó la exclusividad de la sigla «FORA». Fue perdiendo fuerza en los años siguientes, siendo la huelga de los obreros portuarios de 1956 (que duró seis meses) su última gran medida de fuerza de trascendencia nacional. Sin embargo, nunca fue disuelta y sigue existiendo hasta la actualidad, reducida a pequeños núcleos y sociedades de resistencia (oficios varios).
La Confederación Obrera Regional Argentina (CORA), fundada el 26 de septiembre de 1909. Se originó en la fusión de la Unión General de Trabajadores (UGT) con varios sindicatos autónomos. De ideología plural pero «opuesta a todos los partidos políticos”, la CORA fue dominada por la corriente sindicalista revolucionaria y una minoría socialista, y se manifestaba contraria del enfoque anarquista adoptado expresamente por la FORA en su V Congreso de 1905. En 1914 la CORA decidió auto disolverse y que los sindicatos que la integraban se afiliaran a la FORA en su IX Congreso. Las principales organizaciones sindicales de la CORA fueron la Federación de Obreros Marítimos (FOM) y la federación de Obreros Ferrocarrileros (FOF).
La Unión General de Trabajadores (UGT), fue fundada en la Argentina en 1902. Se originó en el desprendimiento de varios sindicatos (albañiles, constructores de carruajes, mecánicos, sastres, etc.) de la recién creada FORA, por entonces aún con el nombre de FOA, instalándose de ese modo dos centrales sindicales en el país. La razón de la división se debió al enfrentamiento entre el sector anarquista, por un lado, contra los sectores socialista y sindicalista revolucionario, por el otro. Los primeros en la FORA, los segundos en la UGT, no adhirió a ninguna corriente ideológica, habilitando la participación de diversas corrientes sindicales, aunque en su Declaración de Principio, si invoca “el pensamiento de Carlos Marx: la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de ellos mismos”. Durante el breve lapso que existió la UGT, los sindicatos y dirigentes socialistas fueron desarrollando y creando en la Argentina la corriente sindicalista revolucionaria, inspirada en Sorel y la CGT francesa. Esta corriente y el socialismo serán las corrientes predominantes hasta la década del 40, en tanto que el anarquismo fue perdiendo importancia desde finales de la década del 10.
En 1909 la UGT se auto disolvió para fusionarse con otros sindicatos autónomos y crear la Confederación Obrera Regional Argentina (CORA).
La Unión Sindical Argentina (U.S.A.) fue una central sindical dominada por la corriente sindicalista revolucionaria fundada en 1922. Fue originada en la fusión de la FORA con varios sindicatos autónomos. Editó primero un semanario llamado Unión Sindical entre abril y agosto de 1922, y luego un periódico llamado Bandera Proletaria, entre septiembre de 1922 y 1930. La USA fue excluyendo de su dirección, utilizando argumentos diversos, a los dirigentes socialistas y comunistas, organizándose como una central casi exclusivamente sindicalista revolucionaria, con algunos miembros anarcosindicalistas, rechazando abiertamente la acción política y el comunismo soviético. De todos modos socialistas y comunistas actuaron en la USA aunque rechazando su orientación. En 1924 la USA se opuso al proyecto de ley de jubilaciones que había propuesto la Unión Cívica Radical en el gobierno, debido a que como toda ley provenía de un Estado que se rechazaba. La movilización sindical contó paradójicamente con el apoyo de la ultraderechista organización patronal, la Asociación Nacional del Trabajo, quien convocó a los empresarios a apoyar las huelgas convocadas por la USA, cerrando los locales de trabajo. Patrones y sindicatos lograron finalmente evitar la sanción de la ley. En 1924 se desafilió de la USA el poderoso sindicato de empleados municipales (Unión Obrera Municipal) dirigido por el influyente dirigente socialista Francisco Pérez Leirós, al que le siguieron otros sindicatos dirigidos por socialistas como la Unión de Obreros Curtidores. Los sindicalistas revolucionarios realizaron entonces una alianza con los comunistas, declarando en 1925 su oposición a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en ocasión de la visita al país de su director general, Albert Thomas. En 1930 se fusionó con la Confederación Obrera Argentina (COA) para crear la Confederación General del Trabajo (CGT). En 1935 la CGT se dividió en “CGT Independencia” y “CGT Catamarca”. Esta última, en 1937 se disolvió para recrear la Unión Sindical Argentina, siendo su secretario general Fortunato Marinelli. Dirigida por Luis F. Gay (telefónico) desde 1939, la U.S.A. participó en el Comité de Huelga que declaró la huelga general para el 18 de octubre de 1945 para conseguir la liberación de Juan Domingo Perón, antecedente directo de la movilización del 17 de octubre de 1945. Poco después se integró definitivamente a la CGT.
La Confederación Obrera Argentina (COA), fundada en 1922 por el conflicto que había comenzado con la Primera Guerra Mundial de 1914, durante el gobierno de Yrigoyen, su objetivo era apoyar a un sector en gestación, el proletariado. Tuvo corta vida pero fue de gran importancia porque, inspirada en los sindicatos ferroviarios, fue la primera en el país en promover el sindicato por rama de actividad. Es recordada por haber sido una de las organizaciones matrices de la Confederación General del Trabajo de la República Argentina (CGT-RA), la organización más grande del sindicalismo argentino en la actualidad, la COA se apoyaba principalmente en los sindicatos ferroviarios más importantes del país, principalmente la Unión Ferroviaria y en segundo lugar el histórico La Fraternidad, unidos en una Confederación Ferroviaria. En 1924, la Unión de Obreros y Empleados Municipales (UOEM), se desafilia de la Unión Sindical Argentina, otra organización sindical argentina de importancia en ese entonces, pasando a afiliarse a la COA. A partir de allí y debido a su poderío e influencia, la UOEM tendría gran notoriedad dentro de la organización del COA. El Consejo Directivo de la COA estuvo presidido por el socialista Francisco Pérez Leirós (municipales), secundado por el sindicalista revolucionario Sebastián Marotta.
Si bien cada una de estas Centrales obreras, tenía su organización y principios muy definidos, y la mayoría comulgaba con alguna ideología, que las llevo a enfrentarse entre sí, o provocando divisiones internas como ya se ha visto, el poder represivo del estado ejercido sin miramientos, como método de disuasión sindical y persecución política, fue creando la necesidad de aunar esfuerzos, algunos de los eventos que sin dudas contribuyeron a la confluencia fueron la Semana Roja y la Semana Trágica.
Semana Roja
Se conocen como la Semana Roja a los acontecimientos represivos que comenzaron durante la conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores en la Plaza Lorea de Buenos Aires de 1909 en el que quedaron heridas más de cien personas y murieron decenas a manos de la policía, que disparó indiscriminadamente contra la multitud mientras se estaba dispersando, junto a la huelga general más exitosa hasta la época, que se produjo como consecuencia de esa masacre. Al cabo de unos meses, con el atentado mortal cometido por el militante anarquista Simón Radowitzky contra el jefe de policía Ramón Lorenzo Falcón, responsable de la represión, se ocasionaron nuevos acontecimientos represivos. Según testimonios de la época, una vez acabado el discurso de un orador anarquista ante un público de aproximadamente 1500 personas (hombres, mujeres y niños), estando Ramón L. Falcón presente junto a su estado mayor, la multitud, que se estaba dispersando, fue atacada por varias cargas de fusilería por parte de un batallón de un centenar de uniformados a caballo. El tiroteo duró varios minutos, hasta que finalmente la Avenida de Mayo quedó despejada de público, el cual había huido por las calles laterales. El ataque dejó 80 heridos y 14 muertos. En los días siguientes, Ramón Falcón ordenó el cierre de los locales sindicales y el arresto de 16 cabecillas anarquistas de la manifestación. También, desde los sistemas de comunicación dependientes de las fuerzas de seguridad, se empezó a difundir la versión de que los hechos del 1 de mayo se debían a un «complot ruso-judaico». En ese tiempo el presidente argentino era José Figueroa Alcorta y el intendente de Buenos Aires Manuel Güiraldes
Semana Trágica
El sindicalismo argentino que había surgido cuarenta años antes, a fines de la década de 1870. Ya conocía de las acciones represivas del estado. En las primeras dos décadas hubo dos grandes corrientes sindicales, anarquistas y socialistas, a los que se sumó una tercera corriente en la década de 1900, el sindicalismo revolucionario. La corriente anarquista fue mayoritaria hasta 1910, mientras que la corriente sindicalista revolucionaria fue mayoritaria desde la década de 1910. En la segunda mitad de la década de 1910, los sindicatos de la corriente anarquista estaban organizados en la FORA del V Congreso, mientras que la corriente sindicalista revolucionaria y los socialistas estaban organizados en la FORA del IX Congreso. En 1916 fue elegido Hipólito Yrigoyen de la Unión Cívica Radical (UCR) presidente de la Nación por el voto secreto, obligatorio y universal, exclusivamente para varones. La UCR había realizado previamente tres sangrientas sublevaciones armadas en 1890, 1893 y 1905, contra el régimen oligárquico conservador que gobernaba ininterrumpidamente desde 1874, sostenido en el fraude electoral.
Al llegar al gobierno, Yrigoyen aplicó una novedosa política de mediación y arbitraje en los conflictos laborales, impulsando la negociación colectiva, que lo distinguió de la política exclusivamente represiva que había caracterizado a los gobiernos conservadores que lo precedieron, que había causado varias masacres. Esta política de diálogo social impulsó una gran expansión cuantitativa y geográfica del sindicalismo argentino y también fuertes críticas del sector empresario, las clases altas y el gobierno británico, que acusaban al argentino de falta de autoridad ante la multiplicación de las huelgas. Debido al modelo agroexportador que tuvo la Argentina hasta la década de 1930, el sector metalúrgico era relativamente pequeño, aunque la empresa Vasena era la más importante del país. Los principales sectores económicos era el sector agrario pampeano que producía granos y carnes, los frigoríficos, el transporte ferroviario -uno de los más extensos del mundo-, el puerto de Buenos Aires -que concentraba prácticamente la totalidad del comercio exterior- y el transporte marítimo. Al morir Pedro Vasena en 1916, la presidencia de la compañía pasó a su hijo Alfredo, secundado por sus tres hermanos, Emilio, Humberto y Severino. El abogado de la empresa era el senador Leopoldo Melo, un alto dirigente de la Unión Cívica Radical, que también era miembro del directorio. La empresa era la más importante del sector en Argentina y empleaba a unos 2500 trabajadores, incluyendo varios cientos de trabajadoras en un lavadero de lana, así como dos establecimientos en La Plata y Rosario.Se caracterizaba por tener malas condiciones de trabajo, ambientes de trabajo con temperaturas excesivas y sin ventilación, salarios considerablemente por debajo de lo que pagaban otras empresas comparables y jornadas más largas, así como una postura fuertemente antisindical y contraria a la negociación colectiva. El 2 de diciembre de 1818 la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos declaró la huelga en los Talleres Vasena. El sindicato elaboró un petitorio que fue presentado a la empresa, pero Alfredo Vasena se negó a recibir el petitorio y tratar con la delegación sindical, iniciándose así un juego de desgaste mutuo, en el que la violencia fue creciendo. Los Vasena apostaron a quebrar económicamente a los huelguistas recurriendo a rompehuelgas y civiles armados provistos por la Asociación Nacional del Trabajo, grupo de choque parapolicial creado ese año por el entonces también presidente de la Sociedad Rural Argentina Joaquín de Anchorena para combatir las huelgas mediante la violencia directa. El sindicato, por su parte, apostó a causarle daño económico a la empresa, mediante piquetes que impidieran el transporte de materiales entre los dos principales establecimientos (la fábrica de San Cristóbal y los depósitos de Nueva Pompeya) y disuadir a los rompehuelgas. Así el 13 de ese mes se atentó contra la casa de un vecino que apoyaba la huelga, hecho llevado acabo por un chofer y dos policías, el 14 y el 15 aparecen los primeros huelguistas heridos, así de a poco van incrementando los heridos y se producen las primeras muertes, si bien se realiza un cambio en la jefatura de policía pues la misma era proclive a la represión, a partir del 3 de ero de 1919, la policía se involucra en el conflicto y el 7 da inicio la “Semana trágica”, en la esquina de Pepirí y Amancio Alcorta, aproximadamente a las 15:30, más de cien policías y bomberos armados con fusiles Máuser, apoyados por rompehuelgas armados con fusiles y carabinas Winchester, dispararon contra las casas de madera, los huelguistas y los vecinos. Durante casi dos horas se dispararon cerca de dos mil proyectiles. Una gran parte de las fuerzas de seguridad ya estaban apostadas desde mucho antes en el techo de la escuela La Banderita, ubicada en la esquina mencionada, y en la fábrica textil Bozalla, ubicada frente al local sindical, que también estaba en huelga. Entre las fuerzas atacantes estaba incluso uno de los dueños de la empresa, Emilio Vasena, 4 muertos y más de 30 heridos fue el resultado de dicho ataque. La magnitud de la masacre fue verificada de inmediato en el lugar de los hechos por el diputado socialista Mario Bravo, por los cronistas del diario socialista “La Vanguardia”, por la revista “Mundo Argentino” y por la tradicional revista “Caras y Caretas, ”, que contaron entre los policías apenas dos contusos. Inmediatamente el gobierno radical buscó terminar el conflicto. El ministro del Interior Ramón Gómez dio instrucciones al jefe de policía Miguel Denovi y al director del Departamento de Trabajo Alejandro Unsain, para que entrevistaran a Alfredo Vasena y obtuvieran de él la concesión de varios de los puntos del petitorio de huelga, aceptando aumentar los salarios un 12 %, reducir la jornada a 9 horas de lunes a sábado (54 horas semanales) y readmitir a todos los obreros en huelga. Esa misma noche a última hora, consiguieron que Vasena y los dirigentes sindicales se reunieran en la jefatura de policía y llegaran a un principio de acuerdo, que se formalizaría al día siguiente en la sede de la empresa. Vasena se comprometió también a no realizar actividades al día siguiente, para evitar nuevos incidentes. El conflicto en los Talleres Vasena parecía a punto de quedar resuelto. Pero los asesinatos habían generado una indignación generalizada en los sectores obreros y en los barrios populares del sur de la ciudad, que se reflejó en la gran cantidad de gente que se congregó en los locales sindicales, socialistas y anarquistas, especialmente en los que se velaron a los muertos.
Esa misma noche los comerciantes de Nueva Pompeya decidieron cerrar sus negocios al día siguiente, en señal de duelo por los muertos. Simultáneamente, uno de los principales sindicatos del país, la Federación Obrera Marítima (FOM), de la FORA IX, declaraba la huelga por la falta de respuesta a sus peticiones por parte del Centro Argentino de Cabotaje. El 8 de enero de 1919 el conflicto se generalizó, el precario acuerdo alcanzado en Vasena se cayó y el optimismo que el gobierno había manifestado la noche anterior se diluyó rápidamente. Vasena no quiso recibir a los delegados metalúrgicos y ni siquiera acepto que le sea entregado el petitorio que contenida lo acordado la noche anterior o negociar cualquier condición que modificara lo que había acordado con el gobierno: 12 % de aumento y jornada máxima de 9 horas de lunes a sábado. El sindicato pretendía más aumento, equiparación salarial entre secciones y géneros, jornada de 8 horas, y no obligatoriedad de las horas extras, las que deberían pagarse con un suplemento del 50 % o 100 % si eran en domingo. La Cámara de Diputados en sesión extraordinaria y el Partido Socialista sostuvo que era necesario sancionar una ley de asociaciones sindicales, sobre lo que hubo acuerdo general, razón por la cual la Cámara resolvió pedirle al Poder Ejecutivo que incluyera en el temario de sesiones extraordinarias dicho tratamiento. El tema sin embargo no se trataría y la primera ley sindical se aprobaría recién en 1943. La bancada socialista también pidió la interpelación del ministro del Interior para que respondiera sobre lo que el diputado Mario Bravo calificó en ese momento de “masacre”. Bravo, que había estado en el lugar poco después de los hechos y entrevistado numerosos testigos, informó en detalle sobre la forma en que se había producido el ataque policial. Cuando llegó el momento de votar la moción de interpelación al ministro, la Cámara se quedó sin quórum. El embajador británico Reginald Tower y el presidente de la Asociación Nacional del Trabajo y la Sociedad Rural Argentina Joaquín de Anchorena fueron a la Casa Rosada a reclamar fuerzas policiales y decisiones enérgicas para defender el establecimiento, que ya empezaba a estar rodeado de obreros y a ser bloqueado por el levantamiento de barricadas en las esquinas. En ese momento Yrigoyen toma dos medidas, anticipando dos posibles escenarios opuestos. En primer lugar removió al jefe de policía que estuvo al mando durante la masacre del 7 de enero y puso a cargo de la misma al ministro de Guerra Elpidio González, más apto para presionar a Vasena y al sindicato para que llegasen a un acuerdo. Por otro lado, previendo una evolución negativa de los acontecimientos, se comunicó con el general Luis J. Dellepiane, amigo personal, miembro de la Liga Patriótica Argentina, quien estaba al mando de la II División del Ejército apostada en Campo de Mayo, designándolo como comandante militar de Buenos Aires. En la marcha del cortejo fúnebre se fueron produciendo incidentes y enfrentamientos, el ministro Gonzales y el jefe de policía Toranzo fueron dejados de a pie, pese a todo algunos cientos de manifestantes lograron abrirse paso hasta llegar al cementerio. Pero para entonces el gobierno había dado órdenes de disolver la manifestación en el cementerio, donde ya se habían parapetado un regimiento de infantería y varios agentes policiales al mando del capitán Luis A. Cafferata. Mientras se pronunciaban los discursos, las fuerzas de represión descargaron los fusiles a mansalva contra los familiares y militantes presentes, disolviendo la manifestación y dejando un tendal de muertos y heridos adicionales, mientras que los cuatro cadáveres de la masacre del 7 de enero quedaron insepultos. El diario “La Prensa” contabilizó doce muertos en el cementerio, entre ellos dos mujeres, mientras que “La Vanguardia” contabilizó cincuenta. Todos los cronistas coincidieron en señalar que no hubo bajas entre las fuerzas de seguridad. Al promediar la tarde el Presidente Yrigoyen ya había decidido reprimir con el Ejército, militarizando la ciudad. A las seis de la tarde Dellepiane había instalado dos baterías de ametralladoras pesadas sobre Cochabamba, en una de las esquinas de la fábrica, ordenando fuego continuo durante más de una hora. La cantidad de muertos ese día fue de varias decenas, sin que hayan podido ser precisados, el socialista Oddone verificó el registro de 39 muertos en los hospitales esa misma noche; el diario radical “La Época” informó sobre 45 muertos y 119 heridos; el Buenos Aires Herald, diario de la colectividad británica en Buenos Aires, contabilizó 80 muertos. Ante la cantidad de muertos, inédita en la historia del sindicalismo argentino, esa noche la FORA IX sacó una resolución por la que dispuso «asumir la conducción del movimiento de la capital federal» y convocar a una reunión urgente de secretarios generales al día siguiente para definir los pasos a seguir luego de la matanza del día anterior y la militarización de la ciudad al mando del general Dellepiane, el diario oficialista “La Época” transmitió en la mañana del 10 de enero la postura del gobierno justificando los asesinatos en masa. La editorial sostenía textualmente que el movimiento estaba dirigido por una «minoría sediciosa». El Buenos Aires Herald, diario de la colectividad británica en Buenos Aires, tituló en consonancia que «Buenos Aires tuvo ayer su primera prueba de bolchevismo». “La Prensa” y “La Vanguardia” recogen las declaraciones de grupos radicales que esa misma mañana salieron a la calle proclamando que «si hay barricadas de revoltosos, se deben formar barricadas de argentinos». La ciudad seguía paralizada y llena de las mismas y el general Dellepiane empezó a organizar sus fuerzas para recuperarla. Dos mil marinos se sumaron a las fuerzas del Ejército y dos baterías de ametralladores fueron traídas desde Campo de Mayo. En su libro “La Semana Trágica”, el comisario José Romariz, uno de los protagonistas de los hechos, cuenta que entre los telegramas que se recibían del general Dellepiane (con instrucciones de destruirlos en cuanto fueran leídos), se encontraba la orden de «hacer fuego sin previo aviso contra los revoltosos que se sorprendan levantando vías, produciendo incendios u otras depredaciones».Las tropas tenían también orden del gobierno de que «no se desperdiciaran municiones con tiros al aire». Esa noche las fuerzas sindicales fijarían posiciones. La Federación Obrera Ferroviaria (FOF), el sindicato más poderoso, declaró la huelga en todo el país reclamando la reincorporación de los trabajadores despedidos en las famosas huelgas iniciadas el año anterior. La FORA del IX Congreso dispuso priorizar como objetivo los reclamos establecidos en los petitorios de huelga de los metalúrgicos de Vasena y de los ferroviarios. La FORA del V Congreso decidió continuar «por tiempo indeterminado» la huelga general, dándole a partir de ahora el carácter de «revolucionaria» y estableciendo como objetivo de la misma obtener la libertad de Simón Radowitsky (condenado por el homicidio del exjefe de policía Ramón Falcón), Apolinario Barrera (preso por haber organizado una frustrada fuga de Radowitsky) y los demás presos políticos y sociales, mayoritariamente anarquistas. “La Protesta” dejó de salir y tanto la FORA V como los principales dirigentes anarquistas pasaron a la clandestinidad. Una vez recuperado el control de la ciudad y con las primeras sombras de la noche se desató lo que se conoció como «el terror blanco», que se extendería los próximos tres días, ya no solo por las fuerzas militares y policiales, sino ahora también por grupos civiles de jóvenes de clase alta identificados como «patriotas». En el Centro Naval se crearía ese día la Comisión Pro Defensores del Orden, una organización parapolicial de extrema derecha e ideología fascista, liderada por influyentes militares, curas, empresarios y políticos radicales y conservadores, que pocos días después cambiaría su nombre por Liga Patriótica Argentina. Entre las personalidades que arengaron a los jóvenes de clase alta para salir a la calle y reprimir a los huelguistas se encontraba el dirigente radical y abogado de Pedro Vasena e Hijos, Leopoldo Melo. Pero ya no solo anarquistas, socialistas o sindicalistas revolucionarios eran sus blancos predilectos, a esto se le sumaban ahora los “judíos o rusos” extendiéndose también a otros extranjeros, «mueran los judíos» fue uno de los lemas más utilizados. El nerviosismo y miedo ante el valor de los huelguistas llevó a que se produjeran choques entre las fuerzas represivas que el gobierno tradujo en supuestos ataques para seguir justificando la masacre. En la noche del 10 al 11 de enero se intensificó la represión. Las fuerzas de seguridad y los grupos parapoliciales «patrióticos» fascistas comenzaron a realizar cientos de razias ingresando a los domicilios particulares sin autorización judicial, asesinando y golpeando a sus ocupantes, violando a las mujeres y niñas, destruyendo bienes y quemando libros, así por lo menos los tres días siguientes. «La caza del ruso» («ruso» como sinónimo habitualmente despectivo de «judío»), así es como se conoció el único pogromo de la historia en suelo americano, arrasó el barrio judío del Once y dio origen a una siniestra expresión que subsiste en el habla argentina hasta el presente: «yo, argentino», frase con que las personas judías suplicaban para no ser asesinadas. El apoyo a los actos criminales de los grupos fascistas fue una parte sustancial del plan represivo del gobierno. El propio general Dellepiane dio órdenes terminantes de “contener toda manifestación o reagrupamiento con excepción de los patrióticos. Finalmente le día 11 el presidente Yrigoyen impuso las condiciones a gremialista y Vasena para dar por terminadas las acciones y pacificar la ciudad prometiendo además la liberación de los presos, salvo los condenados por crímenes graves, sin embargo las refriegas siguieron, se movilizaron más tropas, la huelga estaba extendida al interior el país y recién el 13 de enero los metalúrgicos levantaron la huelga del sector y el 14 se terminó la general, ese día se llevó a cabo la segunda parte del pogromo al tacarse de nuevo el barrio del 11. La embajada de Estados Unidos, la única que realizó un recuento individual de los muertos en esos días, contó que en el Arsenal del Ejército en San Cristóbal yacían 179 cadáveres de «rusos judíos» que no habían sido sepultados. Se atacaron e incendiaron sinagogas y bibliotecas, si bien los principales ataques los realizó la Liga Patriótica y fueron organizados en el centro naval en la reunión presidida por el Contra Almirante Manuel Domecq García, la fuerzas policiales y militares no estuvieron ajenas deteniendo y torturado judíos.
“””””Pamplinas son todos los pogromos europeos al lado de lo que hicieron con ancianos judíos las bandas civiles en la calle, en las comisarías 7ª y 9ª, y en el Departamento de Policía. Jinetes arrastraban a viejos judíos desnudos por las calles de Buenos Aires, les tiraban de las barbas, de sus grises y encanecidas barbas, y cuando ya no podían correr al ritmo de los caballos, su piel se desgarraba raspando contra los adoquines, mientras los sables y los látigos de los hombres de a caballo caían y golpeaban intermitentemente sobre sus cuerpos (…) Pegaban y pegaban espaciosamente, torturaban metódicamente para que no desfallecieran las últimas fuerzas, para que no se prolongaran sin fin los sufrimientos. Cincuenta hombres, ante el cansancio de azotar, se alternaban para cada prisionero, en tanto que la ejecución proseguía de la mañana hasta pasado el mediodía, desde el atardecer hasta la noche y desde la noche hasta que despuntaba el día. Con fósforos quemaban las rodillas de los arrestados, mientras atravesaban con alfileres sus heridas abiertas y sus carnes emblandecidas (…). En la comisaría 7ª, los soldados, vigilantes y jueces encerraban en los baños a los presos (en su mayoría judíos) para orinarles en la boca. Los torturadores gritaban: «¡viva la patria, mueran los maximalistas y todos los extranjeros!».
José Mendelsohn, 10 de enero de 1919””””””
El saldo total fue de unos 800 muertos nunca identificados: ancianos, mujeres, niños y hombres. Hubo también decenas de desaparecidos, miles de heridos y más de 50.000 detenidos. Entre los informes de la época se destaca el de la embajada de Estados Unidos que realizó una cuantificación precisa, contabilizando 1356 muertos. La embajada de Francia, por su parte, informó que habían muerto 800 personas y 4000 habían sido heridas. Fueron quemadas viviendas obreras, cooperativas, sinagogas, locales sindicales y partidarios, burdeles, periódicos, bibliotecas populares y bibliotecas judías. El gobierno detuvo y torturó a miles de ciudadanos, como el inmigrante judío Pinie Wald, al que acusó falsamente de ser el líder de una revolución judeo comunista, y facilitó a los grupos parapoliciales las comisarías donde establecieron sus bases operativas. Una vez liberado, Pinie Wald relató las torturas y ultrajes sufridos en el libro “Koschmar”, escrito en idish y traducido al español (como Pesadilla) recién en 1987.
Mucho tiempo le llevo a la sociedad recomponerse del terror y a los sindicatos reorganizarse, pero para 1930 dieron este paso fundamental para la organización de la defensa de los derechos de la clase obrera, hace 95 años fundaron la CGT, la consolidación les llegaría a partir de adherir a los postulados del Gral. Perón y transformarse en la columna vertebral del movimiento peronista. Esta adhesión no fue azarosa ni producto de la decisión de sus dirigentes o del mismo Perón, es por la incorporación masiva de la clase trabajadora a dicho movimiento y como consecuencia de las políticas sociales y laborales impulsadas por el mismo general.
Elìas Almada
Correero electrónico: almada-22@hotmail.com
Fuentes: Infobae, Godio, Julio (2000). “Historia del movimiento obrero argentino (1870-2000)”. Oddone, Jacinto (1949). Gremialismo proletario argentino. Buenos Aires: La Vanguardia. Del Campo, Hugo (1989). «Sindicatos, partidos ‘obreros’ y Estado en la Argentina pre-peronista». Estado y Sociedad en el Pensamiento Nacional (Ansaldi, W. y Moreno, J. L.,). Buenos Aires: Cántaro, entre otros




