¿Tus rutas de reparto están realmente optimizadas?

En operaciones donde se repiten cientos de veces por semana las mismas tareas, es fácil asumir que todo funciona como debería. Las entregas salen, los vehículos circulan, y mientras no haya reclamos importantes, el sistema parece sostenerse. Sin embargo, muchas veces la eficiencia real está lejos de lo que se cree.

A lo largo del tiempo, pequeñas ineficiencias se consolidan como parte de la rutina. Y ahí es donde el negocio empieza a perder recursos, tiempo y oportunidades sin siquiera notarlo.

Falta de visibilidad: el obstáculo para detectar errores logísticos

Uno de los grandes errores en la planificación logística diaria es asumir que las rutas actuales son las mejores simplemente porque son las que siempre se usaron. La rutina tiende a perpetuar decisiones antiguas, incluso cuando las condiciones ya cambiaron: zonas con nuevos clientes, modificaciones en el tránsito urbano, alteraciones en los horarios de entrega o en la demanda por punto de distribución.

Aquí es donde el uso de tecnología puede marcar la diferencia. Existen herramientas que permiten analizar, visualizar y ajustar recorridos en función de múltiples variables —distancia, tiempo, volumen, capacidad de carga, ventanas horarias— y que, al integrarse con un software de gestión, ofrecen una perspectiva dinámica, no estática, del territorio.

En lugar de tomar decisiones basadas en mapas impresos o conocimiento empírico, las distribuidoras pueden trabajar con información procesada en tiempo real, considerando tanto patrones históricos como comportamientos recientes. Esa visibilidad es clave para reducir kilómetros innecesarios, evitar superposiciones y maximizar la capacidad operativa de cada vehículo.

Cómo la tecnología ayuda a mejorar los recorridos

Muchas veces, los cuellos de botella logísticos no surgen en los puntos críticos, sino en lo acumulativo. No es una zona imposible la que frena todo el reparto, sino el desorden en la secuencia, los tiempos muertos entre entregas o la sobrecarga de una unidad frente al infrauso de otra.

Por ejemplo, si un chofer debe esperar en tres puntos distintos para hacer una entrega porque el cliente no está disponible, y no se cuenta con una alternativa de reprogramación automática, ese tiempo se pierde sin posibilidad de recuperarse. Lo mismo ocurre si se planifican rutas con exceso de paradas en zonas de tráfico denso o sin tener en cuenta los horarios en los que es posible acceder a determinados establecimientos.

Detectar estos cuellos implica repensar la forma en que se mide la eficiencia. Ya no alcanza con saber cuántos pedidos se entregaron. Hay que entender cómo se entregaron, cuánto tiempo real se empleó en cada tramo y qué impacto tuvo cada decisión en los costos totales de la jornada.

Diseñar rutas con datos reduce errores y pérdidas

El margen de maniobra en la logística de última milla suele ser ajustado. Cualquier desviación puede implicar una cascada de retrasos que afecta la experiencia de varios clientes en simultáneo. Por eso, el diseño de rutas ya no puede depender solo de la intuición de quien las traza o del conocimiento operativo de un equipo experimentado.

La planificación estratégica debe apoyarse en datos. No solo para organizar los repartos del día, sino también para identificar patrones que ayuden a prevenir ineficiencias futuras. En este sentido, la gestión de logística basada en herramientas digitales permite anticipar sobrecargas, detectar zonas recurrentemente conflictivas y redistribuir las cargas con mayor equilibrio.

El objetivo no es reemplazar la experiencia del equipo, sino potenciarla. Quienes conocen bien el terreno tienen información valiosa, pero necesitan contar con sistemas que validen o ajusten esas decisiones en función del comportamiento real de la operación. Y, sobre todo, que permitan simular escenarios antes de que ocurran.

Las consecuencias de no optimizar las entregas

En un contexto donde el combustible sube, los plazos se acortan y los clientes exigen mayor visibilidad sobre sus entregas, no optimizar las rutas representa un costo oculto constante.

Cada desvío innecesario, cada vehículo que recorre más kilómetros de los que debería, se traduce en dinero que se pierde sin que figure como tal en los informes.

Además del impacto económico, está el desgaste del equipo: choferes que hacen recorridos más largos de lo necesario, jornadas extendidas por mala planificación, presión operativa acumulada. Todo eso deteriora no solo los recursos físicos, sino también los vínculos internos y la cultura organizacional.

Optimizar rutas no es solo una mejora técnica. Es una forma de hacer más sustentable la operación. Porque cuanto más eficientes son los recorridos, menor es el uso de recursos, menor el impacto ambiental, mejor el cumplimiento de horarios y mayor la satisfacción del cliente.

Tecnología como aliada, no como reemplazo

Un mito frecuente en empresas distribuidoras que aún no digitalizaron su operación logística es que incorporar tecnología implica desplazar a personas clave. En realidad, sucede lo contrario: las herramientas amplifican la capacidad de análisis y permiten que las decisiones se tomen con mayor base y menor desgaste.

Los sistemas de optimización de rutas —muchos de ellos integrables con plataformas ya existentes— no operan en paralelo a la empresa, sino que se ajustan a su lógica. Pueden incorporar restricciones específicas, reglas propias de operación, condiciones particulares de entrega. De esta manera, no solo sugieren mejoras: ayudan a modelar un funcionamiento más ajustado a la realidad, sin perder flexibilidad.

Con el tiempo, lo que cambia no es solo el recorrido de los vehículos, sino la forma de pensar la operación. Se vuelve más preventiva, más conectada, más ágil.