7 de junio Día del Periodista

“El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la execración con quien miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir sus delitos. El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Para logro de tan justos deseos ha resulto la Junta que salga a la luz un nuevo periódico semanal con el título de Gazeta de Buenos Aires”.

Así escribía Mariano Moreno en el 1° número de este periódico fundado por la Primera Junta, con el objeto de informar al pueblo de sus propósitos y accionar, desde el 7 de junio de 1810 desarrollo su labor hasta el 12 de septiembre de 1821 en que Bernardino Rivadavia dispuso su cierre y reemplazo por El Registro Oficial.

Precisamente por la fundación  de la  Gazeta de Buenos Aires celebramos el día del  periodista, una noble tarea que se desarrolla en diversas facetas,  en un mundo convulsionado por los conflictos bélicos, es oportuno destacar la tarea de los corresponsales de guerra.

En la época de la Guerra pro nuestra independencia, estos no existía y las noticias del  conflicto llegaban, generalmente,  a través de los partes que los jefes militares enviaban a las autoridades políticas luego de la batalla, Francisco Remires en uno de los primeros  en contar con una imprenta, traída de E.E.U.U. por el chileno Carreras. Posteriormente  Domingo F. Sarmiento se desempeñó como  “Boletinero” del Ejercito Grande, en la campaña contra Juan Manuel de Rosas. Estos antecedentes nos hablan de la necesidad e importancia de dar a conocer los resultados de la acción bélica con cierta  prontitud, pero no estaban exentos de una opinión parcializada.

Roberto Jorge Payró, el pionero: 19 de abril de 1867 – Lomas de Zamora, 8 de abril de 1928, escritor y periodista, considerado como «el primer corresponsal de guerra». En Bahía Blanca, fundó en 1889 el periódico «La Tribuna», donde publicó sus primeros artículos y apoyó la Revolución del Parque, más  tarde en Buenos Aires, trabajó en el diario “La Nación”. Durante este tiempo, viajó al interior del país y al exterior. En 1898  luego de viajar a la Patagonia, publicó las crónicas del mismo en el libro “La Australia argentina”. Fue precursor  en la investigación y desarrollo de la crónica “in situ”: “Payró es el primer periodista moderno argentino que introdujo como práctica en su trabajo el viaje relámpago y la gira de estudio,…, Y Payró es un repórter moderno. No hay rincón del territorio que sus ojos ávidos de sana curiosidad no hayan escudriñado, afanosos”. Raul Larra.

Cubrió La Revolución Oriental, en oportunidad de la sublevación armada de Aparicio Saravia (1903). Ese material fue compilado en “Uruguay”, el trabajo de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (UNLP) permitió rescatar otro material perdido: “Las caricaturas de los protagonistas históricos”. También estuvo en Europa durante la primer Guerra Mundial, desde donde escribió un material compilado por la investigadora belga-argentina Martha Vanbiesen de Burbrige y publicado en 2009. Pero no solo el periodismo lo llevó a trascender. Desarrolló un muy interesante obra literaria. Frecuentaba a otros escritores socialistas, como Leopoldo Lugones, José Ingenieros y Ernesto de la Cárcova. En sus obras puede apreciarse un lenguaje propio de la época, costumbrista e irónico. Utiliza personajes típicos y relata situaciones comunes, mostrando a los inmigrantes italianos, o al «pícaro criollo».

Ignacio Ezcurra, el argentino que murió en Vietnam: Después de haber quedado partido en dos en 1949 y tras el fracaso de la unificación pretendida por Francia, su colonizador, Vietnam  nuevamente estaba en guerra en la década del 60, el Sur con un Gobierno títere de los E.E.U.U., y el Norte con un Gobierno comunista que pretendía la unificación, y que en el sur  contaba con partidarios, la guerrilla conocida como el Viet Cong. Ezcurra por su parte a esta altura de su vida, muy joven aún, contaba con apenas 28 años, tenía experiencia como viajero en moto por América latina, no le faltaba elocuencia para contar historias y un ojo entrenado en la fotografía, había escrito sobre la rebelión de afroamericanos en Nueva York, y reporteado a Martin Luther King. Logró convencer a sus jefes en “La Nación” y en mayo de 1968, vía Paris, partió a Vietnam, fue el primer cronista latinoamericano en cubrir la guerra. El miércoles 8 de mayo, los argentinos podían leer una crónica de Ezcurra titulada “Encarnizada lucha se libró ayer en Saigón”. Ese mismo dìa a la mañana, el camarógrafo de La voz de las Américas registraba unas palabras de Ezcurra. Se trataba de un testimonio a raíz de la muerte de cuatro periodistas unos días antes en Saigón. “Siento mucho la muerte de los colegas que fueron asesinados días atrás por el Viet Cong. Estaban desarmados y tuvieron tiempo de decir que eran periodistas. Fue una crueldad inútil eliminarlos. Por otra parte, entiendo que el periodismo ha sido sumamente imparcial con el Viet Cong. También entiendo que todos los que estamos aquí sentimos que estamos corriendo ese riesgo. Y ése es un precio que tenemos que pagar por estar cubriendo la historia más grande y tal vez más triste de este momento”. Un rato después, en esa mañana húmeda de otoño, Ignacio Ezcurra subía a un jeep con otros colegas. Cuando llegaron a Cholón, en una época de álgidos combates y de emboscadas, dejó el casco que tenía impreso “Press”, dejó su Pentax y saludó a los colegas. Nunca más lo vieron. Con el correr de los días, un periodista japonés hizo llegar unas fotos donde se veía dos cuerpos sin vida. El de un hombre joven alto, con mocasines y camisa blanca, estaba atado por los brazos y con varios disparos, uno de ellos en la nuca. Cuando esa foto llegó a Buenos Aires, hicieron copia tamaño real y quienes lo conocían coincidieron que se trataba de Ignacio, por los zapatos, la vestimenta y los rasgos de la cara, fue el último documento sobre  que se conoció sobre él, nunca apareció su cuerpo.  Sin bien  todo parece indicar que es el Viet Cong, el responsable, no  es un dato insoslayable  que en sus  notas había exaltado el valor de estos combatientes, lo que no se exime de sospechas a las fuerzas americanas.

 

Alfredo Serra, sin dudas con un gran espíritu aventurero  y la tenacidad de un periodista comprometido con su profesión al 100%, con la última nota de Escurra “caliente”, encaró a sus jefes de “Crónica”  pidiendo ser enviado a cubrir la guerra de Vietnam, Hector Ricardo Garcia directamente lo tildó de  loco, pero al final terminó cediendo y vía E.E.U.U.  llegó a la guerra en el dìa de su cumpleaños. Michel Iriart, jefe de la Agencia France Press y veterano corresponsal de las guerras de Indochina, le había aconsejado: “¿Usted va a Saigón? Le doy unos consejos. Después de aterrizar, puede vivir diez años, diez meses o diez días. Aunque le den un uniforme y un casco, no los use jamás. Camisa, pantalón, cámara al cuello, aire de turista despistado y no más de diez dólares en el bolsillo. Nunca vaya solo a ningún lado, únase a otros corresponsales. Si en cualquier lugar cerrado hay un apagón, tírese al suelo, la puñalada puede matarlo. La guerrilla ya está en la ciudad”. El 29 de mayo se encontró en el hotel Continental, sede obligada de los corresponsales. Lo recibió un tema musical muy extraño en esa latitud, La novia, cantada por el chileno Antonio Prieto y tres colegas argentinos: Andrés Percivale, entonces hombre de “Telenoche”, su camarógrafo y Enrique Walker, de  la revista “Gente”, estos lo agasajaron con un champagne por su cumpleaños. Formó equipo con un español  Javier Martínez de Padilla, del diario La Vanguardia, de Barcelona y recibió instrucciones para manejar la cámara, que no sabía, de un italiano Ennio Iacobucci y además se dio el gusto de conocer a la periodista estrella de Italia del momento Oriana Fallaci.  Su vida en Saigón fue un calvario como el de todos los corresponsales,  a la arriesgada tarea periodística se le sumaron los “descansos”.  Cuando salía a cubrir los enfrentamientos,  el mismo cuenta que  con las credenciales y autorización  de Norte  América, podía pasar los dos primeros retenes, para cruzar el tercero debía firmar un documento donde él se hacía responsable de su vida y de lo que le pudiera ocurrir. Su vida valía tanto menos que la de un soldado, y el calor se hacía insoportable, tanto como los mosquitos  y la humedad del hotel por las noches, de la cual ocupaba  buena parte para  escribir sus notas y enviarlas. En alguna oportunidad que lo sorprendió el toque de queda, hasta durmió con los soldados y tuvo que ayudarlo a enterrar cadáveres,” Até y tiré a ese guerrero semidesnudo, apenas un calzón negro de tela brillosa, una bolsita con arroz en la cintura y una mascarilla ritual, de barro, en su pecho. Su arma era un revólver casero, un trozo de caño de agua, un mango de madera rústica, y el gatillo, accionado por un resorte común. Su única defensa y su único ataque contra las tropas de alta tecnología. Algunos periodistas, antes de terminar su macabra faena les arrancaban de un tirón las mascarillas, como souvenir para apoyar sobre la chimenea y contarles la miserable hazaña a sus amigos. La condición humana en uno de sus récords de asco”. Y en otras tuvo que abandonar el hotel por ser atacado por los Viet Cong.

Y sigue contando:” Además, vi algo no menos vil, algunos corresponsales vestían uniforme norteamericano, iban armados y no formaban parte del ejército. Un escupitajo a su (a nuestra) profesión”

A fines de junio emprendió  el regreso. “En un bolso del ejército llevé todo lo que nunca usé. Dos camisas de soldado raso, borceguíes y un casco con la inscripción Bao Chi (‘prensa’). Las camisas tenían un nombre bordado: Sofronsky. Sin duda, un soldado muerto. Regalé todo menos el casco. Está en lo más alto de mi biblioteca, junto con un arma Viet Cong, un bastoncito de hueso que esconde un estilete mortal. El exacto símbolo de los dos bandos.”

Duras muestras del ejercicio de una profesión que amaron, aman y amaran quienes la han ejercido y la siguen ejerciendo.  Muchas veces víctimas de la censura, cuantas notas se han escrito y no publicado, y otras que se publicaron mucho tiempo después, porque la verdad es la primer víctima de una guerra, sin embargo ellos han estado, están y estarán cumpliendo su tarea.

 

Elìas Almada

Correo electrónico: alamda-22@hotmail.com

 

Fuetes: Infobae, La Nación.