Columna de opinión: Metamorfosis por Gracia Jaroslavsky

Los que tienen una mente brillante y han podido, a pesar de la inmediatez, tener la perspectiva suficiente para pensar el mundo, pensar al hombre en sus tres dimensiones -cuerpo mente y espíritu-, y pensar lo colectivo y lo individual han aportado ideas significativas al nuevo tiempo.

Si partimos de afuera hacia adentro, es decir de contemplar el mundo para llegar a cada uno atravesando una línea de tiempo, una de las primeras certezas que aparecen es la paulatina extinción, digo paulatina desde la perspectiva humana.

Desde que el hombre tiene un ascendiente de extremo impacto sobre la tierra, la degradación es un camino inexorable hacia la extinción, el hombre hace todo lo posible por destruir vida, la suya propia, la del mundo animal, la de la naturaleza misma. Su dominancia, su creencia de poder omnímodo tiene como consecuencia todas las catástrofes que vamos sufriendo sin solución de continuidad.

Cuando esos eventos se producen lejos, los vivimos como ajenos, nos moviliza un grado de emoción que poca influencia tiene en la vida de cada uno, pero cuando la catástrofe es masiva, como lo es la pandemia ahora, la conciencia lo trae a un plano tangible.

Todos sabemos que nacemos y morimos, pero en realidad no lo sabemos, porque nadie ha estado en la muerte y vuelto para contarlo, con lo cual la muerte es algo ajeno, lejano, y más ajeno y más lejano cuando se trata de la humanidad toda, que obviamente en algún punto va a desaparecer o será sustituida por otra forma de vida.

La pandemia nos trajo una conciencia colectiva de la muerte, y cómo procesamos ese dato es lo que está complicando al mundo y a cada uno de nosotros.

La emoción más común es el enojo, la ira, la rebeldía, la frustración, la tristeza, la depresión, todas emociones que profundizan y abren la puerta a más enfermedad, a más vulnerabilidad, a más caos.

Está claro pues, que no estamos entendiendo qué debemos aprender para detener la inercia de la caída. El egoísmo del hombre, alimentado por su egocentrismo gira solo en torno a su ombligo, obnubilando los valores que sostienen la vida en el planeta tierra.

Los valores no son solo una creación de las culturas o de las religiones, los valores o las virtudes son intrínsecos a la naturaleza, están en todas partes; si contemplamos la conducta de los animales, de las plantas, todo lo que está vivo en la naturaleza obedece a reglas que signan valores que permiten vivir en armonía con el entorno, nosotros nos empeñamos en romper ese equilibro y pagamos las consecuencias.

Ser conscientes de ello e ir en busca de esos valores que nos conforman naturalmente y luego practicarlos cada día con una conciencia atenta es el camino.

Los valores tienen que ver con el bien común, lo que es bueno para mi debe serlo también para otros.

El aprendizaje del respeto, de la verdad, la benevolencia y de la tolerancia con nosotros mismos y con los demás es la única posibilidad de sobrevivir que tiene el hombre; lo está gritando la naturaleza y no escuchamos. Hemos entrado en una suerte de negacionismo expansivo que destruye todo a su paso.

Rompamos ese círculo vicioso, practiquemos con las pequeñas cosas de la vida diaria hasta que se hagan carne y luego se expandan a la familia, los amigos, los entornos sociales, laborales, políticos. Está claro que no va a venir de arriba hacia abajo, sino desde cada uno de nosotros hacia el universo para que repare. Es desde una gota de agua hasta llegar al mar.

Es necesario, no obstante, entender de lo que hablamos cuando hablamos.

¿Qué significa hacer carne el respeto? En la vida diaria cuántas veces nos enojamos con el otro simplemente porque no nos gusta una conducta. Reprochar la conducta del otro es no tener respeto por el otro. Si nos preguntáramos qué verdaderamente nos enoja de lo que nos enoja y por qué reaccionamos en lugar de accionar sobre nosotros mismos, advertiríamos que si hay respeto de verdad no hay enojo.

¿Qué significa vivir con la verdad? Significa ser honestos, decir todo lo que sentimos o pensamos sin ofender, decir con amor, incluso poniendo en tela de juicio nuestras verdades, dudando y aceptando la duda como una virtud, no como un defecto. Quien duda y lo admite abre una puerta al cambio, al crecimiento.

Ser benevolente es desear y hacer por el otro todo lo que aspiro para mi vida, involucra la solidaridad. Ser solidario no es solo dar algo al que no tiene, es mirarlo y verlo.

Ser tolerante es el gran arte de la vida en comunidad. La paciencia, cultivar un ritmo lento que obstaculice la reacción. La tolerancia es un arte que se aprende más fácil desde el propio cuerpo con la práctica de la respiración, la meditación o cualquier disciplina que nos conecte con la dimensión que transcurre en el interior de nosotros mismos; es una energía tan armónica que cuando se percibe ya no se abandona.

Repensemos nuestra vida, cada uno hacia adentro, para ayudar luego al hombre global a cambiar un paradigma que el universo ya destruyó.